Una enóloga que cuestiona el paradigma
Oriana Zamora tiene 30 años y representa una nueva generación de viticultores que están replanteando todo lo que sabemos sobre los vinos argentinos. Como enóloga de La Marchigiana —el proyecto de investigación de Catena Zapata dedicado a rescatar y revalorizar las variedades criollas— Zamora está en primera línea de una revolución silenciosa que desafía la lógica del vino concentrado y de alta intervención que dominó los últimos treinta años en Mendoza.
Su trabajo no es académico ni nostálgico. Las variedades criollas representan aproximadamente el 30% de los viñedos argentinos, un patrimonio genético colosal que ha permanecido mayormente invisible en el mercado global. Zamora reconoce que durante décadas estas uvas fueron tratadas como relegadas, invisibilizadas por la obsesión con la Malbec y otras variedades de moda. Pero bajo el amparo de Catena Zapata y del Instituto —estructura que le da respaldo institucional a su investigación— está probando que estas variedades olvidadas contienen un potencial enológico completamente distinto al que se creía.
Menos intervención, más autenticidad
Uno de los pilares de la propuesta de La Marchigiana es la baja intervención,, apuesta a dejar que las uvas hablen por sí solas, respetando su naturaleza y permitiendo que sus características intrínsecas emerjan sin tanto artilugio técnico.
Esta filosofía no es capricho estético. Zamora observa que las variedades criollas tienen un ADN distinto: son uvas que crecieron durante siglos en el terroir argentino, adaptándose a condiciones muy específicas de Mendoza. Forzarlas a través de procesos extractivos violentos no solo las desnaturaliza, sino que cancela la posibilidad de expresar esa singularidad. La baja intervención, en su visión, es un acto de respeto hacia la planta y hacia el territorio que la produjo.
Del archivo al vaso
Lo que hace fascinante el trabajo de Zamora es que no se trata simplemente de revivir reliquias. La Marchigiana funciona como un archivo vivo donde conviven investigación rigurosa y producción comercial. Cada decisión que toma en la bodega está sostenida en datos, en análisis, en comprensión profunda de cómo estos microorganismos y compuestos químicos se comportan en la fermentación y la crianza. No es romantización de lo viejo, sino reinterpretación inteligente.
El instituto que respalda este proyecto representa también un cambio paradigmático en cómo se piensa la investigación vitivinícola argentina. En lugar de copiar fórmulas europeas o estadounidenses, Zamora está construyendo un saber local que pregunta: ¿qué pasa si permitimos que nuestras uvas, nuestro clima y nuestro suelo dicten las reglas del juego?
Vanguardia desde lo olvidado
Paradójicamente, Zamora y su generación están siendo vanguardistas exactamente cuando se niegan a seguir las modas. Mientras el mundo buscaba vinos más potentes y concentrados, ella está probando que la elegancia, la sutileza y la expresión territorial están en otro lado. Las variedades criollas, manejadas sin manipulación excesiva, ofrecen un tipo de complejidad que los vinos sobreextraídos nunca alcanzarán.
A los 30 años, Oriana Zamora está haciendo algo raro en la industria global del vino: está escuchando. Escucha lo que el terreno mendocino tiene para decir, escucha lo que sus plantas quieren expresar, escucha los críticos silenciosos que durante décadas sostuvieron esas viñas criollas incluso cuando nadie las valoraba. Y desde esa escucha construye una propuesta que no es ni purista ni retrógrada, sino genuinamente nueva: un vino argentino que finalmente suena a argentino.








