La actriz, directora y militante del cine sostiene que los peligros reales no vienen de quienes ya no están, sino de quienes intentan suprimir la memoria colectiva. Mientras presenta Mis muertos tristes, la miniserie de Pablo Larraín basada en los cuentos de Mariana Enriquez y disponible en Netflix, donde trabaja junto a Mercedes Morán, Alejandra Flechner y Carolina Álvarez, Fonzi reflexiona sobre la necesidad de escuchar otras voces, la lucha feminista y la herencia que dejamos quienes seguimos vivos.
La realidad tiene más capas
El proyecto la cautiva por su capacidad de integrar dimensiones que la sociedad suele rechazar. "No hablo con espíritus directamente, solo los escucho en un momento, pero hay mucho muerto en este tiempo", dice con una sonrisa que desmitifica lo sobrenatural. Para ella, estas historias funcionan como un espejo: muestran que la realidad no se agota en lo visible, que hay complejidades de fondo que el pensamiento único intenta ignorar. Es justamente lo que rechaza del fascismo: "La mirada sesgo, ver las cosas de una sola manera".

En sus trabajos recientes, incluida La casa de los espíritus, se despliega un universo donde conviven el alma, el cuerpo y lo que trasciende el abandono físico. Eso, en su opinión, es lo contrario de un pensamiento cerrado.
El miedo verdadero está en los vivos
¿A quién deberían temer más: a los muertos o a los vivos? La pregunta no da para titubeos. "¿Cómo le vas a tener miedo a los muertos si no pueden hacerte nada? Los peligrosos son los vivos que intentan borrar nuestra historia". Los que se fueron constituyen la memoria, la cadena infinita de energías que nos hacen quiénes somos. Negacionismo, supresión del pasado, amnesia histórica: eso es lo que corremos hoy.

Para Fonzi, imaginarse como individuos aislados —la lógica del "si a mí me va bien, qué me importa el otro"— es ignorancia pura. Nuestros hijos y nietos se construirán con lo que fuimos para ellos. Por eso pelea: para que su hija, que hoy tiene 15 años, no tenga que repetir las mismas batallas treinta veces.
El feminismo ganó, pero la contraofensiva existe
Cuando alguien menciona la baja tasa de natalidad y la culpa echada a las mujeres por priorizar sus carreras, Fonzi enumera con ironía: "Ese capítulo ya tiene más repeticiones que Los Simpson". El debate sobre si poner toda la energía en la maternidad o en el desarrollo profesional es inevitable, y fue el feminismo quien abrió ese espacio de duda. Eso es un logro.
Pero sabe que hay contraofensiva. "Ya escuchamos a nuestro primer mandatario diciendo 'los pañuelitos verdes' y minimizando todo". No le sorprende nada; aun así, confía en que lo ganado no tiene vuelta atrás. "Elijo imaginar un futuro que tenga que ver con nuestro propio deseo". Desconfía de quienes gobiernan hoy —"los de siempre queriendo perpetuar lo mismo"—, pero confia en las nuevas generaciones. Incluso en la industria del cine, donde hay películas dirigidas por mujeres pero los que manejan todo no aplauden su aparición.
La relación con la madre, el núcleo
En Mis muertos tristes, su personaje Carolina tiene una madre interpretada por Mercedes Morán que se comunica más fácilmente con los fantasmas que con su propia hija. Esa dinámica, contada por el director Pablo Larraín, desvincula el vínculo materno de los estándares sociales impuestos.
Carolina es una mujer de cuarenta y pico que no tuvo hijos ni armó una familia tradicional. Pero está atrapada en una dependencia materna que la define. "Es lo que hacemos todas nosotras como hijas: decodificar quiénes somos a partir de nuestras madres, evolucionar, dejar de estar peleadas con lo que no nos gusta de ellas y aceptarlas". Cada día Fonzi se parece más a la suya, aunque no lo quisiera. Descubrió que heredó la puntualidad de su madre —pero invertida: ahora llega quince minutos antes, y ríe.
La huella de la abuela Cocó
En su filme Blondi, Fonzi rindió homenaje a su abuela Cocó, quien murió poco después del estreno. La presencia de la abuela sigue siendo muy fuerte en su día a día. "Siento que estoy hecha de la misma materia". Llegó a los 98, siempre conectada con todo.
Cuando tuvo que viajar a Italia para filmar, su abuela estaba internada. Se acercó a la cama y le dijo: "Descansá tranquila". La abuela respondió: "Te voy a esperar". Fonzi se fue a rodar, y mientras regresaba en vuelo, su abuela murió. Llegó a tiempo para verla y tocarla. "Me esperó", dice sin dramatismo.
El velorio fue la culminación de esa despedida. Cantaban, recitaban todos los poemas que la abuela les había enseñado. Era la primera vez que sus hijos estaban en contacto con una persona muerta, pero como Dolores besaba y acariciaba a Cocó, ellos se animaron a acercarse. "Había algo medio mexicano en eso de la despedida, como una celebración, como el fin de un ciclo pero a la vez el inicio de algo que está más allá". A Cocó la extraña cada día, y siempre se pregunta qué pensaría de lo que sucede, qué chistes haría. Tiene tan internalizada su presencia que le sale sin querer: es como una puerta de escape donde fantasea sus salidas ante distintas circunstancias.
El humor como herramienta profunda
No confunde seriedad con solemnidad, y como actriz y directora lo logra sin pensarlo demasiado. "Le escapo a la solemnidad. El humor es una herramienta para profundizar, complejizar una mirada, charlar y argumentar en una discusión seria pero con un pie en la mirada del otro". Es interesante tener un debate interno, enfrentar las propias contradicciones. Las estructuras demasiado rígidas son peligrosas: "Antes muerta que fascista", frase que además existe en remera —la vio hoy en Instagram de Soledad Deza, la abogada y activista en quien se basa su personaje Belén.
"El embole que sería la vida sin humor", dice pensando en Mis muertos tristes, donde solo actuar el drama de una hija que siente que compite con los muertos por la atención de su madre sería insoportable. La vida tiene muchas capas, no es unidimensional. Cuando actúa intenta ser humana, revisar sus ideas, darse permiso para repensarlas y modificarse. Hay gente que no, que sostiene su mirada única sobre el mundo a cualquier precio.
El miedo cotidiano y la esperanza
Lo que aterroriza es justamente eso: personas que no cambian, estructuras que no ceden. El verdadero terror anida en lo cotidiano, cuando sentís que puede acercarse a los que más querés. La violencia global aterroriza porque preguntás cómo será la vida en el futuro. No querés que el mundo sea "tan choto" y que tus hijos la pasen mal.
Pero Fonzi es optimista. "Siento que el camino es darles una estructura a los que nos seguirán, como lo hizo mi abuela conmigo". Confía en que dejará a sus hijos preparados para lo peor y lo mejor, para que puedan disfrutar de la vida. Eso, dice, es lo único que importa.







