Ernesto Martelli y Nico Artusi en OCIO
Una institución más allá de la bebida
Buenos Aires atraviesa una semana de intenso debate sobre el café. No se trata simplemente de discutir la infusión, sino del café como espacio físico, como institución cultural que trasciende lo gastronómico. Mientras cierran emblemáticos establecimientos como el Café Río —que generó algo cercano a un velorio público en redes sociales—, la ciudad se replantea la relevancia de estos espacios en la identidad porteña y en la preservación de un patrimonio que va más allá de las paredes.
Del kiosco monoproducto a la cafetería de especialidad
La transformación del café como negocio revela una tensión profunda en la reconfiguración urbana de Buenos Aires. Hace décadas, el kiosco de diarios funcionaba como un establecimiento monoproducto, regulado territorialmente en la ciudad. Cada barrio tenía sus kioscos distribuidos estratégicamente, con radios de acción casi legales. En una época en la que circulaban aproximadamente 15.000 publicaciones entre diarios y revistas en el país, estos pequeños comercios eran despachos naturales de la circulación de medios impresos, generando un negocio prácticamente oligopólico por zona. Un edificio recibía sus diarios del kiosco de la esquina; otro, del de la vuelta. Los recorridos estaban regulados casi militarmente.
Hoy, con la desaparición fáctica del kiosco de diarios y su reconversión en cafeterías de especialidad, surge una pregunta incómoda: ¿cuántos de esos espacios pueden efectivamente funcionar como cafés de especialidad? El modelo es distinto. Mientras el kiosco de diarios no dependía de la circulación masiva de gente sino del hábito de los residentes de la zona, la cafetería de especialidad requiere una densidad de consumidores diferente. Esto ha generado un fenómeno recurrente en la Argentina: cuando algo funciona, se replica sin cesar. Abre un café de especialidad y abren quince. Se abre un parripollo y se multiplican por toda la ciudad. Este modelo a escala y repetición, nacido quizás de la necesidad de salvarse en épocas de crisis económicas periódicas, no siempre encuentra sustento en la realidad comercial de barrios desangelados donde un modesto café de especialidad nunca llena.
La pérdida de una industria regional
Argentina fue pionera en la industria editorial latinoamericana. Hace apenas años, los kioscos de revistas ofrecían una diversidad que hoy parece impensable. En Colombia o México, todavía pueden encontrarse mil revistas distintas en un solo mostrador. En Buenos Aires, la velocidad del colapso fue vertiginosa y sin precedentes en otros países de la región. Ya no circulan las revistas de actualidad, desaparecieron las publicaciones de los domingos, cerraron títulos como Gente, Veintitrés o Gráfica. Solo permanecen las revistas temáticas especializadas y algunas publicaciones editoriales. Esta erosión ocurrió a una velocidad que no se condice con los países desarrollados de Europa ni América del Norte, ni con otros países latinoamericanos que mantuvieron mejor su ecosistema de prensa.
El café como emblema cultural
Lo que sucede con el café representa algo más profundo que una crisis comercial. Existe una distinción importante que sugiere diferenciar entre “café” —la bebida, en minúsculas— y “Café” —la institución, con mayúscula. Pocas instituciones en la ciudad porteña cargan con el peso cultural y simbólico que tiene la cafetería. Durante esta semana de agosto, la sociedad argentina, expresándose a través de redes sociales y programas televisivos de debate, se ocupó más del Café como institución social en la capital federal que en muchas épocas anteriores. Hubo motivos positivos: se anunciaron doce nuevas cafeterías nombradas como “Notables”, entre ellas el Café Cortázar, ubicado en la esquina de Cabrera y Medrano. Esta designación no obedece únicamente a la antigüedad del establecimiento. La etiqueta destaca arquitectura, relevancia cultural, vínculo con la historia e identidad de los barrios porteños. Algunos cafés notables tienen menos de diez años, lo que demuestra que la distinción trasciende lo tradicional.
La paradoja de la preservación
Sin embargo, la etiqueta de “Notable” no salva a estos espacios del cierre. El Café Nostalgia, ubicado en Soler y Coronel Díaz, era un bar notable cuando cerró sus puertas, reemplazado por una carnicería de cadena. Esto abre un debate incómodo sobre la utilidad fáctica de una distinción honorífica que no garantiza viabilidad económica. Cuando cierra un café emblemático como el Río, surge una especie de funeral público masivo alrededor de un negocio que todos deseamos que continúe. No solo por pintoresquismo o nostalgia, sino por preservar fuentes de trabajo y dotar de identidad a la ciudad. Estos son espacios clásicos. Pero la pregunta persiste: ¿es posible mantener un negocio simplemente porque representa valor cultural si no hay consumidores que lo sostengan económicamente?
Este dilema adquirió dimensiones surrealistas cuando se anunció la apertura de un café dentro de una bóveda del cementerio de la Recoleta. La imagen compartida en redes sociales por referentes culturales como Gabriel Levinas simbolizó algo más que excentricidad: la sobreexplotación del espacio público y la búsqueda de convertir cada rincón de la ciudad en un lugar de consumo. Es la extensión lógica de una tendencia global donde, en cualquier monumento, parque o museo de ciudades que visitamos, existe un “cafecito” y un mostrador.
El café como ritual social argentino
Lo interesante radica en que el Café funciona de manera similar al asado y al mate en la idiosincrasia argentina: es simultáneamente corte, modo de cocción y ritual social. Es un espacio donde se nuclean las personas, donde se comparte. Incluso cuando económicamente es difícil sostener el consumo de carnes, la gente sigue haciendo asados, aunque sea sin carne vacuna. Se juntan igual. El café opera de la misma manera. Es el cierre de una reunión, el espacio de encuentro, el lugar donde sucede la vida porteña. Por eso su cierre genera reacciones tan viscerales. No es solo nostalgia por un negocio, sino la pérdida de un territorio físico donde la ciudad se reconoce a sí misma.
La tensión entonces no es simplemente entre preservación y reinvención empresarial. Es entre dos modelos de ciudad: aquella donde existen espacios públicos compartidos con identidad propia, regulados casi naturalmente por el uso y la costumbre, y otra donde la lógica del mercado determina qué permanece y qué desaparece. El café como institución está en el centro de ese debate. Y mientras se abre un café en una bóveda y se discute sobre designaciones honoríficas que no salvan negocios, Buenos Aires pierde silenciosamente esos lugares donde la ciudad aún se reconoce.








