En Julián Álvarez y Jufré existe una intersección que condensa la historia barrial porteña. Durante más de tres décadas funcionó allí la cantina La Mamma Rosa, cuyo cartel aún persiste en la fachada como testigo silencioso de otra época. Hoy ese mismo espacio alberga una dinámica dual: durante el día F5 Confitería despliega su sandwichería y panadería de nicho comandada por Atelier Fuerza, mientras que al atardecer emerge Suma, un gastrobar con identidad propia que transformó completamente la experiencia de esa esquina.
Suma se instaló en Villa Crespo hace poco más de un año, pero su historia comenzó a fines de 2021 en un galpón de Palermo. Nació como un espacio colaborativo donde convivían un café-bar, una feria de ropa y un sector de muebles restaurados. En ese entramado original, la música se consolidó como un pilar fundamental impulsado por Camilo Bustamante, uno de los socios, y ahora también con la dirección artística de Gonzalo Romero.
Una sinergia que funciona
“La búsqueda del espacio fue entre necesaria y obligada. Suma necesitaba un buen lugar físico”, comenta Tomás Romero, sommelier con más de diez años de experiencia y socio del proyecto. El concepto responde a su nombre: la combinación de dos mundos que se potencian mutuamente. Un gastropub con espíritu de cantina donde imperan los platos simples pero elaborados con oficio, fusionado con una agenda cultural activa que incluye DJ sets, tardes de vinilos y shows en vivo.
La arquitectura mantiene su encanto original con intervenciones sutiles. El ladrillo visto, los grandes espejos y el mobiliario antiguo conviven con iluminación cromática, velas, vinilos y flores naturales. La amplia vereda equipada con mesas invita a la permanencia, mientras que el interior se adapta a diferentes momentos: desde citas informales y cenas grupales en las primeras horas hasta una atmósfera más festiva hacia el fin de semana.
Cocina de raíz honesta
Con el producto como bandera, la carta despliega cocina sin pretensiones a través de un menú circular que minimiza desperdicios y maximiza sabor. Raciones para arrancar, pastas caseras, sándwiches, proteínas, guarniciones de estación y postres tradicionales conforman la estructura.
Los platos insignia que permanecen en la carta son los buñuelos de acelga, las croquetas de carne braseada y la milanesa de peceto —simple o napolitana con fior di latte y salsa de tomate italiana—. Pero lo que realmente se ha instalado como ícono es el sándwich de lomito en pan de papa: carne jugosa, provoleta ahumada y mayonesa casera acompañados por papas rejilla. Es una reinterpretación sofisticada de lo simple, rescate de la memoria afectiva con trazabilidad absoluta del producto.
Entre los productos destacados figuran las anchoas de Hernán Viva, el jamón crudo de Fernando Hara y el centro de ojo de bife de pastura de Muge con salsa de pimienta y papas fritas. Las pastas se amasan en el lugar: cavatelli con pesto de pistachos o patagonzola de Ventimiglia, spaghetti con salsa putanesca y tagliatelle a la bolognesa conforman las opciones fijas. El resto del menú muta estacionalmente con platos como stracciatella con tomates confitados de La Chacrita o morcilla con manzana Granny Smith, espinaca y huevo a la plancha.
Para el cierre, la propuesta regresa a la memoria afectiva: quesos y dulces artesanales, tiramisú o mousse de chocolate intenso.
Espirituosas y vinos con criterio
La coctelería rinde culto a la tradición con espirituosas de alta gama. Desde aperitivos con vermú o pirlo, pasando por clásicos como moscow mule, negroni o penicillin, hasta sofisticaciones del dirty martini y spicy margarita. La propuesta de vinos celebra a pequeños y medianos productores nacionales bajo una curaduría que completa la experiencia gastronómica.
“Creemos que la propuesta se sostiene buscando un equilibrio, y nos gusta coquetear entre lo hipster y lo old school”, sintetiza Tomás Romero. En esa esquina de Villa Crespo, donde La Mamma Rosa dejó su impronta, Suma logró revivir la memoria barrial a través de la cocina, la música y la compañía.








