Un proyecto visionario que desafió los límites del terroir mendocino
Los Chocos celebra sus 15 cosechas con la certeza de quien apostó a un territorio incomprendido y logró demostrarlo. Desde 2011, Rodrigo Reina y Marcelo Canatela transformaron las alturas de Altamira en un laboratorio de excelencia vinícola, probando que Mendoza todavía guardaba sorpresas para quien se atreviera a explorar sus zonas menos convencionales. Lo que comenzó como una apuesta arriesgada se convirtió en un referente de lo que es posible cuando combinás visión, precisión y respeto por el terroir.
Altamira nunca fue considerada una región prioritaria en la geografía vinícola mendocina. Los viticultores tradicionales miraban hacia Maipú, Luján de Cuyo, el Valle de Uco. Pero Reina y Canatela vieron en esas altitudes un potencial dormido: suelos vírgenes, amplitudes térmicas extremas, una altitud que permitía jugar con tiempos de maduración únicos. La decisión de plantar en los 1.200 metros de Altamira no fue casual ni ingenua. Fue el resultado de un análisis profundo sobre cómo el terroir podía expresarse de manera diferente, cómo la altura podía traducirse en concentración, mineralidad y complejidad aromática. Quince cosechas después, esos números hablan por sí solos.
Micro-vinificaciones que revelan el verdadero potencial
Lo distintivo de Los Chocos radica en su metodología de producción. En lugar de trabajar con volúmenes convencionales, Reina y Canatela optaron por micro-vinificaciones que permitieran explorar cada variable del terroir con precisión quirúrgica. Esta aproximación no es la del productor masivo; es la del investigador que necesita entender cada matiz de su materia prima. Los resultados están en botellas que conjugan estructura, elegancia y una identidad clara: vinos que hablan de Altamira sin necesidad de explicaciones.
El Riesling y el Malbec son los estandartes de esta filosofía. Varietales que, en manos de productores convencionales, podrían haber derivado en ofertas genéricas. Pero aquí, en Altamira, a esa altura, con ese protocolo de vinificación, se transforman en expresiones únicas. El Riesling aprovecha la amplitud térmica para mantener acidez y frescura sin sacrificar la madurez. El Malbec, por su parte, encuentra en la altura la concentración que lo distingue, una profundidad que contrasta con la elegancia mineral del lugar. No son vinos que busquen emular a otros terroirs; son vinos que se declaran a sí mismos.
El aniversario como consolidación de un legado
Llegar a 15 cosechas en la industria vitivinícola argentina es un logro que merece reconocimiento. No todos los proyectos sobreviven a las primeras incertidumbres, a las críticas del establishment, a los años difíciles. Los Chocos no solo sobrevivió; creció. Ganó reconocimiento entre críticos, sommelier y coleccionistas que valoran la coherencia productiva, la calidad constant y la capacidad de innovar sin traicionar la identidad. Cada cosecha fue una vuelta de tuerca en el refinamiento de su propuesta.
Este aniversario no es un punto de llegada sino de consolidación. Reina y Canatela demostraron que Altamira podía estar a la altura de las grandes regiones vinícolas del país. Más importante aún, probaron que en Mendoza todavía hay espacio para la aventura inteligente, para quienes se atreverán a mirar donde otros no miran y a trabajar con la paciencia y la precisión que el terroir exige. Los Chocos son el recordatorio de que en vino, como en tantas cosas, los verdaderos descubrimientos pertenecen a los valientes que aprenden a leer el territorio con humildad y determinación.








