OCIO, programa conducido por Ernesto Martelli y Nico Artusi. Estrena todos los viernes a las 19 hs en Winexplorers por YouTube.
Dos estrategias opuestas contra el desencanto laboral
El mundo del trabajo cambió fundamentalmente después de la pandemia. Mientras algunos empleados optaron por una renuncia silenciosa, otros descubrieron una estrategia diferente: aparecer en la oficina solo para saludar, tomar un café e irse. Estas dos prácticas, aunque parecen contradictorias, reflejan la misma desconexión con las dinámicas laborales tradicionales, pero desde ángulos completamente distintos.
El quiet quitting, o renuncia silenciosa, consiste en hacer estrictamente lo mínimo imprescindible en el trabajo sin renunciar formalmente. Es una forma pasiva de desvinculación donde el empleado mantiene su puesto pero abandona gradualmente el compromiso, las horas extras y la dedicación que antes caracterizaba su desempeño. En cierta manera, es como una despedida silenciosa de las responsabilidades laborales, esperando quizás a que la empresa le invite a retirarse o que las condiciones cambien.
Coffee badging: la presencia sin permanencia
El coffee badging, en cambio, es mucho más literal. El término apareció en 2023, cuando las grandes empresas comenzaron a exigir el regreso a la oficina después de que los empleados demostraron trabajar perfectamente desde casa. En lugar de resistirse abiertamente, muchos trabajadores encontraron una solución ingeniosa: aparecer en la oficina el tiempo justo para registrar su entrada, saludar a un par de personas, tomarse un café en la máquina del pasillo donde se reúne la gente y luego volver a trabajar desde casa. La práctica combina dos acciones concretas: el batching, o pasar la tarjeta al entrar, y el coffee, esa pausa legendaria de quince minutos que está incluso legislada en muchos países.
Lo curioso es que esta estrategia resultó funcional incluso para las empresas. Muchas corporaciones multinacionales descubrieron que beneficiaba tener empleados que no asistieran todos los días: se reducían los gastos de enfermedad, los atrasos por transporte público y los problemas logísticos de mantener posiciones ocupadas. Por eso terminaron recomendando a sus trabajadores que vinieran algunos días para reuniones presenciales o para compartir con colegas, luego regresaran a casa. El punto medio fue beneficioso para ambas partes.
Raíces históricas de una pausa sagrada
Que el café sea el protagonista de esta práctica no es casual. Históricamente, el café ha estado asociado a distintas conquistas laborales. Estados Unidos fue el primer país en incorporar por ley, después de establecer las ocho horas de trabajo, una pausa de quince minutos para descansar. Esa pausa se llama coffee break y está legislada como entidad legal en muchos códigos laborales. En los países nórdicos, la tradición del fika mantiene una importancia casi ritual: el café no es solo una bebida, sino una práctica casi religiosa de encuentro y descanso. Incluso el término fika es café al revés en sueco, reflejando la inversión de roles que hace la pausa laboral: del trabajo al descanso, de la producción al encuentro social.
La diferencia fundamental entre quiet quitting y coffee badging radica en la actitud frente a la presencia. Con la renuncia silenciosa, el empleado se queda en la oficina pero desconecta mentalmente de sus tareas. Con el coffee badging, literalmente se va, pero primero marca su presencia, cumpliendo así con las nuevas expectativas de visibilidad que muchas empresas esperan en la era post-pandemia. Una es pasiva, la otra es activa. Una busca ser invisible dentro del edificio; la otra busca ser visible apenas lo suficiente.
El contexto que hizo posible ambas prácticas
Ambos fenómenos nacen de la misma realidad: después de la pandemia, quedó demostrado que el trabajo remoto funciona. Los empleados ya sabían ser productivos desde sus casas, pero los jefes querían verlos en persona. Algunos trabajadores incluso llegaron a tener dos empleos simultáneamente, manteniendo dos sesiones digitales activas y alternando tareas entre sus dos trabajos. No es necesariamente una práctica positiva, pero refleja la contingencia del mundo laboral moderno donde la presencia física se convirtió en una exigencia más simbólica que funcional.
Lo interesante es que ambas estrategias cuestionan esa misma exigencia, pero de formas radicalmente opuestas. El quiet quitting dice: voy a estar aquí, pero no voy a dar más de lo mínimo. El coffee badging dice: voy a aparecer, pero no voy a quedarme. En los dos casos, hay una renegociación silenciosa del contrato laboral, una redefinición de qué significa trabajar en el siglo XXI. Mientras la pandemia forzó esta conversación, lo que quedó en claro es que ya no existe una única forma de ser empleado, y las nuevas generaciones están inventando estrategias para adaptarse a un mercado que aún no termina de definir qué quiere de ellas.








