En las travesías marítimas, los marineros enfrentaban un desafío constante: conservar los alimentos durante meses en el mar. En Avilés, pueblo de marineros y pescadores, descubrieron una solución que se convertiría en tradición. A partir del siglo XVII, comenzaron a elaborar un bizcocho especial hecho con harina, manteca de vaca, huevos y azúcar, sin levadura. El secreto estaba en hornear la masa dos veces para eliminar toda la humedad y evitar el enmohecimiento que tanto afectaba al pan tradicional. Este método no era nuevo —la palabra bizcocho proviene del latín “bis coctus”, dos veces cocido—, pero los avilesinos lo perfeccionaron y lo hicieron suyo.
Cuando se le añadía manteca a este bizcocho, surgía el mantecado. Cubierto con azúcar glaseado, se convertía en el Mantecado de Avilés, que pronto adquirió un significado especial para la comunidad. Durante la Pascua, los padrinos tenían la costumbre de regalar estos bollos a sus ahijados el Domingo de Resurrección, una tradición que perdura hasta hoy.
De confitería histórica a símbolo local
A finales del siglo XIX, cuando Avilés vivía un período de prosperidad económica, varias confiterías y pastelerías se dedicaban a elaborar mantecados para una burguesía local en ascenso. Entre ellas, la más importante fue Galé, fundada en 1876 por Manuel Galé, que se convirtió en referente del producto y preservó su legado hasta la actualidad.
El auge de esta tradición fue tal que en 1893 surgió la Fiesta del Bollo, una de las celebraciones más importantes de Asturias, institucionalizada precisamente para conmemorar el regalo pascual de estos mantecados. Aunque se comercializa durante todo el año, es el Domingo de Resurrección cuando alcanza su máximo protagonismo.
Actualmente, Avilés busca elevar el mantecado al mismo nivel de reconocimiento que productos como la ensaimada de Mallorca, la tarta de Santiago o los sobaos pasiegos. Con ese objetivo, especialistas en márketing y comunicación se han reunido con elaboradores de estos renombrados productos para explorar cómo convertir un producto en bandera de una ciudad. El mantecado avilesino posee todos los ingredientes para lograrlo: raíces profundas, historia genuina y un legado que conecta generaciones.








