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Gastronomía

Catorce paradas gastronómicas en la línea D del subte porteño

Un recorrido por catorce propuestas gastronómicas a lo largo de la línea D, desde San Nicolás hasta Belgrano: clásicos porteños, nuevos estrenos y fusiones que transforman cada parada en un destino culinario.

Catorce paradas gastronómicas en la línea D del subte porteño

El subte D es mucho más que una vía de transporte. Sus andenes albergan un patrimonio artístico monumental: murales cerámicos que documentan la historia argentina, homenajes a España —país que financió la construcción de la red en los años 30 a través de la Compañía Hispano Argentina de Obras Públicas y Finanzas—, y escenas cotidianas de la ciudad que transforman cada viaje en un recorrido por la memoria porteña. La visión estética del ingeniero español Rafael Benjumea y Burín, Conde de Guadalhorce, quien lideró el proyecto, dejó su marca en cada estación.

Pero subir a la superficie del subte D también es descubrir una geografía culinaria que va desde clásicos inamovibles hasta las apuestas más recientes. De la Plaza de Mayo a la Plaza Alberti, entre San Nicolás y Belgrano, hay una propuesta gastronómica que merece ser recorrida estación por estación.

Catedral

Furaibo te traslada a Japón sin salir del centro porteño. El restaurante despliega una experiencia integral con áreas de tatami donde sentarse al ras del suelo. La cocina fusiona sushi clásico con ramen exquisito, creando un verdadero templo de la gastronomía nipona en pleno corazón de la ciudad.

Tribunales

La Biblioteca Café, en Marcelo T. de Alvear, funciona como cafetería durante el día pero se reinventa al caer la tarde. De noche se convierte en bar y restaurante íntimo donde los shows de música en vivo —desde jazz hasta tango— marcan el ritmo de la noche. Es un refugio bohemio donde la gastronomía dialoga con el arte.

Callao

Parrilla Peña lleva más de cuatro décadas demostrando que la calidad no necesita pretensiones. Desde 1982, este clásico porteño recibe en un salón austero donde los mozos de oficio atienden con precisión. La empanada frita de cortesía es icónica, pero el verdadero protagonista es el ojo de bife: simple, perfecto.

Pueyrredón

Tori Tori Japanese representa un hito en Argentina: fue el primer restaurante especializado en yakitori, las brochetas japonesas grilladas al carbón. Escondido en Recoleta, el lugar respira intimidad. La barra de madera clara es el corazón del espacio, donde desde la primera fila podés ver al cocinero dominando el arte de ensartar y dorar pinchos de pollo, cerdo y vegetales.

Scalabrini Ortiz

Varela Varelita ha custodiado la bohemia porteña desde los años 50 en la esquina de Scalabrini Ortiz y Paraguay. Las mesas de fórmica, el humo de los cigarrillos virtuales en la memoria, los políticos y escritores como César Aira y Héctor Libertella que pasaron por aquí: el lugar mantiene intacta su esencia. Javier Giménez, un correntino que llegó a Buenos Aires a los veinte años para trabajar de lavacopas, terminó siendo uno de los dueños gracias al esfuerzo y carisma. Su alma máter sigue siendo la brújula.

Palermo

Social Corazón es la apuesta de los creadores de Don Julio y El Preferido. El restaurante rinde homenaje a la panadería argentina clásica con un concepto all day. El espacio respira nostalgia porteña: sándwiches en pan de miga que desbordan generosidad, pastas, arroces reconfortantes. Es cocina de calidad con espíritu de barrio fuera del tiempo.

Casa Zarautz abrió hace poco en la planta baja de una casona centenaria recuperada en Nicaragua. El chef Leandro Leyell propone una cocina contemporánea obsesionada con pescados y mariscos del Atlántico argentino. Solo treinta comensales por servicio, acceso exclusivo con reserva. La cocina a la vista permite ver cómo la técnica acompaña sin ocultar la nobleza del producto. La charcutería de mar, la velouté de cangrejo, el bife de tiburón al limón, el pulpo Fondo del Mar: cada plato cuenta una historia marina. En el piso superior funciona La Terrazza, la propuesta de parrilla del mismo proyecto, que también abre al mediodía.

Ministro Carranza

Cang Tin es una cantina vibrante escondida en una calle cortada de Palermo que te transporta al sudeste asiático. Los aromas salvajes y los platos del extremo oriente rodean un ambiente acogedor y muy ondero. Es gastronomía de aventura en un entorno de barrio.

Olleros

Catalino cerró su local de Colegiales para mudarse a una nueva casa a unas cuadras, pero el espíritu es el mismo. Las hermanas Raquel y Mariana Tejerina traen su «cocina sincera» y su compromiso con la soberanía alimentaria. La carta cambia cada quince días según los productos de estación. El giro sorprende: reemplazan cortes clásicos por carnes alternativas de pastura como jabalí, ciervo y búfalo. Nueva casa, mismo amor.

Ravalia nació bajo el concepto de «arrabal gastronómico». El mercado, el barrio y la cocina convergen aquí en un triángulo perfecto. La propuesta es estacional, sostenida en tres pilares: producto, fuego, técnica. El espíritu es marcadamente mediterráneo pero de carácter porteño. Los platos contemporáneos con raíces se acompañan con una carta de vinos federal cuidada. Es un refugio pensado para comer bien, compartir, y siempre querer volver.

José Hernández

Mishiguene Rotisería es la propuesta del aclamado chef Tomás Kalika en formato deli de alta gama. Aquí la alta cocina judía se democratiza. Los sándwiches de pastrón en pan pletzalej son sublimes, y los varenikes caseros con cebolla frita son auténticos. La parada obligatoria en Belgrano.

Anafe se mudó en mayo. La dupla de Micaela Najmanovich y Nicolás Arcucci dejó Virrey Avilez 3216 para instalarse en el mismo barrio pero dos cuadras más abajo, en la altura 3383. Distinguidos por la Guía Michelin (Bib Gourmand) y galardonados internacionalmente, mantienen barrio, comida y postura. La carta fusiona cosmopolita cruza Medio Oriente, Asia y el Mediterráneo a través de «platitos» estacionales para compartir. El paté montado sobre un financier es entrada obligatoria.

Juramento

Casa Sáenz, el restaurante de la cocinera Ximena Sáenz en Barrancas de Belgrano, propone comida simple y reconfortante. El horno de barro en el centro es delicioso para almuerzos e inviernos. La carta se luce con pollo de campo ahumado, milanesas de cerdo, guarniciones creativas llenas de color que ambientan el mostrador con sabor.

Congreso de Tucumán

Mafia, el espacio de los hermanos Báez, expandió su oferta. La pizza napolitana que los hizo conocidos ahora convive con un original pizza brunch disponible viernes, sábados y domingos de 10 a 16 horas. El juego creativo combina pizza con ingredientes de desayuno: eggs on pizza —pan a la plancha con parmesano, huevos revueltos, miel de tamarindo, chili crispy oil, brotes— y pizza Benedict —frita con stracciatella, huevo poché, holandesa de palta, ensalada verde y parmesano. A pasos de la Plaza Alberti, Belgrano gana en opciones.

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