La semana de la moda parisina marca un punto de inflexión. Después de décadas donde los diseñadores comunicaban sus colecciones a través de arquetipos femeninos predefinidos —la mujer “romántica”, la “poderosa”, la “sensual” o esa frase vacía sobre la “mujer sofisticada y segura de sí misma”—, los creadores están finalmente rompiendo con estas etiquetas que reducen la identidad a un papel escrito de antemano. La moda, una de las herramientas más eficaces para construir identidad, había funcionado durante el siglo XX y parte del XXI como un sistema de encasillamiento donde la mirada externa —casi siempre masculina— dictaba cómo las mujeres debían presentarse al mundo. Los primeros días de esta temporada revelan un cambio profundo: la mayoría de las colecciones presentadas deciden romper explícitamente con los prejuicios asociados a la vestimenta femenina.
Identidades fluidas en Dior
Maria Grazia Chiuri en Dior utilizó una referencia recurrente: el Orlando de Virginia Woolf, la novela que explora la construcción plural y fluida de la identidad. Por un escenario diseñado por Bob Wilson, las modelos deambulaban como metáforas de distintas transiciones vitales, reflejadas en prendas que mezclaban épocas, géneros y contextos. Desde lo victoriano hasta los primeros años del 2000 con la remera J’adore de Galliano, pasando por los cuarenta de Christian Dior y los noventa de Gianfranco Ferré, cada silueta combinaba lo utilitario con lo ceremonioso en un ensamblaje perfecto.
“Quiero demostrar que la moda es un receptáculo de convenciones culturales y estéticas, de códigos sociales”, explicó Chiuri en las notas del desfile. La italiana es una feminista convencida que ha sabido cambiar la mirada de la casa francesa de lo externo a lo interno. Aunque algunos la acusaron de ser demasiado comercial y funcional, su misión ha sido consistente: proponer una moda para la mujer que la lleva, no para el juicio externo. No existe una idea unívoca de mujer en su visión; hay tantas ideas de mujer como mujeres, y esta colección —una de sus trabajos más precisos— lo comprueba.
El cuerpo como protección en Alaïa
Pieter Mulier, director creativo de Alaïa, escribió una carta en primera persona que recibieron todos los invitados al desfile celebrado en el taller de la firma: “Tu cuerpo es tuyo”. Pocos desfiles actuales logran elogios unánimes, pero el belga tiene una visión que combina peso conceptual con minuciosidad inaudita en las formas. Las esculturas inacabadas de Mark Manders que decoraban el espacio simbolizaban, según explicó, “fijar en el espacio un tiempo no lineal”.
Como Chiuri, Mulier hablaba del pasado sin ese trasfondo conservador que acompaña la nostalgia, sino como herramienta para responder al presente. Rinde homenaje al fallecido Azzedine Alaïa referenciando esa maestría del tunecino para ajustar innovadoramente la prenda al cuerpo, amplificando plisados, entramados de punto, jacquard y seda mezclada con licra. Pero en Mulier, el cuerpo femenino no es una escultura a homenajear, sino algo real que vive, se mueve y se protege más que se expone.
El cierre fue una modelo con capucha esférica y una malla transparente cubriendo toda la parte superior del cuerpo, brazos incluidos. No era un truco estético que usaba el cuerpo como excusa, sino una metáfora: la prenda como envoltorio, como cobijo y protección.
Futurismo recontextualizado en Courrèges
Nicolas Di Felice, director creativo de Courrèges, también cerró su desfile con un mensaje similar: un vestido tubular que, a modo de envoltorio, escondía las extremidades. La marca que en los sesenta liberó el cuerpo de las mujeres con patrones geométricos y telas futuristas tampoco vive hoy anclada en el pasado, sino que lo reformula para responder al presente.
“En una Vogue de 1964 podía leerse que el punto de vista de Courrèges podría resumirse en un envoltorio de vinilo blanco”, escribió Di Felice en las notas de la colección. La firma nació en plena Guerra Fría, trasladando a la moda ese culto a la carrera tecnológica y espacial de los sesenta. Sus prendas eran elogio al futuro y advertencia velada a las amenazas que copaban las noticias. Hoy no estamos tan lejos, y Di Felice lo sabe.
“El optimismo es un propósito de unión que hoy es más necesario que nunca. Por eso todo nace de un gesto impulsivo: envolver una tela alrededor del cuerpo”. Su colección basaba prendas en archivos pero con sensación de estar inacabadas: rollos de tela que se convertían en colas en minifaldas, abrigos patronados como si hubieran sido hechos envolviendo el cuerpo en tejido, tops cuadrangulares llevados a la mínima expresión. El cuerpo, la urgencia y el libre movimiento dominaban un escenario repleto de confeti, una especie de fiesta donde cada mujer puede ser lo que quiera con los trozos de tela que la envuelven.
Debut en Dries van Noten
Julian Klausner se estrenó como director creativo de Dries van Noten en la Ópera de París. Él también decidió usar la primera persona en sus notas, algo que no solía suceder en temporadas anteriores y que en esta semana de la moda remarca la importancia del autor en contextos de cambios de liderazgo.
Klausner eligió que fuera el lugar el que diera forma a la colección, no al revés. Por los ceremoniosos pasillos de la Ópera, las modelos desfilaban con prendas que mezclaban épocas y estilos: abrigos pesados, jerséis con volumen, faldas terminadas en lentejuelas, cinturones repletos de borlas, pañuelos de paisley a modo de lazos o cinturones. Era como si Loulou de la Falaise hubiera sido musa de Dries y no de Yves Saint Laurent.
Klausner no tenía tarea fácil. Dries van Noten es una de las marcas más personalistas que existen, y el belga anterior pasó media década dando forma a un proyecto peculiar tanto en estilo como en modelo de negocio. Al jubilarse, Puig y el propio Dries eligieron acertadamente a alguien que llevaba años en el equipo. Los invitados llegaron dudosos y terminaron aplaudiendo al unísono. El pasado reciente servía para mirar con ojos nuevos el presente.
Bohemia renovada en Chloé
Chemena Kamali, directora artística de Chloé desde hace año y medio, ha sabido releer el pasado entendiendo las necesidades de su clientela femenina sin miradas ni estereotipos externos. Es mujer en una industria donde pocas mujeres lideran equipos de diseño —a pesar de que la moda vive de las mujeres— y, además, no tiene pretensiones.
Conoce Chloé perfectamente tras años trabajando en la marca y sabe que el estilo bohemio que la encumbró en los setenta es de los pocos que nunca pasa de moda. Lo renueva añadiendo volantes, hombreras, vestidos lenceros. Tiene además olfato para saber qué accesorios podrían convertirse en éxitos de ventas y cuáles rescatar del pasado en el momento oportuno, como el bolso Paddington de los primeros 2000, uno de los primeros modelos superventas.
Todo parece fácil, libre y bello en la colección de Chloé, al margen del estilo favorito de quien lo mira. Chemena habla a las mujeres en plural, dejando de lado etiquetas y estereotipos asociados al cuerpo. No es lo mismo tirar de archivos pensando que cualquier tiempo pasado fue mejor que hacerlo viendo el legado como una herramienta que se puede recontextualizar e incluso deformar a partir de las ideas y amenazas del presente.
En París, finalmente, los diseñadores están dándose cuenta de que no existen arquetipos femeninos ni cuerpos que vestir para terceros. Hay mujeres, cada una con su historia, y prendas para que construyan su propia identidad.








