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Influencers gastronómicos: cuando la reseña se convierte en negocio

En México, restaurantes y chefs enfrentan a influencers gastronómicos que exigen comida gratis a cambio de promoción en redes, generando un conflicto entre presión comercial y crítica honesta que la regulación aún no logra frenar.

Influencers gastronómicos: cuando la reseña se convierte en negocio

El escenario es cada vez más común en restaurantes de toda Latinoamérica. Un perfil con miles de seguidores llega al lugar, pide abundante comida, graba cada plato con cuidado, y al momento de pedir la cuenta propone un intercambio: publicidad en redes a cambio de no pagar. Si el dueño acepta, genera contenido. Si rechaza, arriesga una reseña demoledora. Este patrón se ha normalizado tanto que algunos restaurantes ya tienen protocolos definidos. En Reynosa, Tamaulipas, un establecimiento implementó una regla clara: sin acuerdo previo por escrito, todos pagan como clientes regulares. En Culiacán, varios negocios documentaron el mismo ciclo: pedidos completos, cámara en mano, y luego la propuesta de saldar con una mención que nunca fue solicitada.

Cuando el “trueque” se convierte en presión

El chef Edgar Núñez, de Sud 777, experimentó dos casos que ilustran el fenómeno. Primero, el representante de un influencer colombiano le ofreció una cena para dos a cambio de historias y un reel. Núñez respondió sin ambigüedades, llamándolo gorrón. Posteriormente, una cuenta especializada en reseñas mexicanas le solicitó mil setecientos pesos por publicar un video sobre su restaurante en TikTok e Instagram, además de la comida gratuita. Cuando no hay intercambio por comida, existe una alternativa: la tarifa directa.

El mercado mexicano de influencers gastronómicos opera hoy con tarifarios que oscilan entre trescientos pesos por publicación —para cuentas nano, de mil a diez mil seguidores— hasta cifras superiores a los cien mil pesos para perfiles con más de un millón de followers. En 2023 circuló un tarifario que cobraba hasta cuatro mil pesos por promocionar un restaurante en TikTok, con precios escalonados según el tamaño del negocio. Sin embargo, la verdadera controversia radicó en que la mayoría de ese contenido pagado carecía de etiquetas que lo identificara como publicidad.

El vacío regulatorio y sus consecuencias

No existe nada ilegítimo en cobrar por trabajo de comunicación. Lo que corrompe la conversación es que el público consuma una opinión pagada creyendo que es espontánea. El restaurante compra visibilidad, el influencer cobra por producirla, y el comensal, al final de la cadena, recibe una recomendación sin saber que tiene precio.

México cuenta con una respuesta regulatoria, aunque limitada. En agosto de 2023, la Procuraduría Federal del Consumidor publicó en el Diario Oficial de la Federación su Guía de Publicidad para Influencers, basada en el artículo treinta y dos de la Ley Federal de Protección al Consumidor. La norma exige identificar todo contenido pagado con etiquetas como #PublicidadPagada o #PatrocinadoPor, y advierte que omitirlo constituye publicidad encubierta. El problema está en la distancia entre la norma y su aplicación. Más de dos años después, PROFECO no ha impuesto una sola multa por incumplimiento, aunque sí abrió investigaciones por publicidad engañosa vinculada a creadores.

Casos que exponen la grieta del sistema

Danyzuco, creador con más de ciento setenta mil seguidores conocido por reseñas sin filtro, protagonizó el caso más elocuente del último año. En mayo de dos mil veinticuatro calificó de mediocres los tacos de El Califa de León, la primera taquería mexicana con estrella Michelin, cuestionando públicamente cómo obtuvieron tal distinción. La audiencia respondió señalando que sus opiniones suelan ser generosas con marcas que lo pagaban, recordando elogios hacia Burger King. Meses después, el dueño de La Puerca Pecadora en la colonia Del Valle lo acusó públicamente de comportarse como “una diva de las redes” durante una visita a su restaurante.

Cuando la reputación de un negocio depende de la buena voluntad de una cuenta con seguidores, la reseña deja de ser opinión y se convierte en instrumento de presión. Comer sabiendo de antemano que no se pagará en efectivo, sino con una historia que nadie pidió, encaja en la definición legal de fraude según el Código Penal Federal, que tipifica aprovecharse del error ajeno para obtener lucro indebido.

El fin de la crítica gastronómica independiente

Detrás de esta discusión existe una pérdida más silenciosa: la de la crítica gastronómica como oficio independiente. Durante décadas, la reseña de restaurantes fue trabajo de periodistas con formación y, teóricamente, sin conflicto de interés directo con el lugar evaluado. Los influencers gastronómicos no heredaron esa ficción; la sustituyeron por un modelo donde el elogio pagado deja de ser criterio y se vuelve mercancía. El problema no es que existan los influencers gastronómicos, sino un ecosistema que normalizó pagar por opinión favorable sin exigir declaración alguna. Restaurantes hartos, chefs exhibiendo capturas de pantalla y una guía regulatoria sin aplicación real apuntan al mismo vacío: nadie está dispuesto a sostener que una recomendación pagada sin etiquetar es simplemente publicidad engañosa. Mientras eso no cambie, cada restaurante seguirá negociando su reputación mesa por mesa.

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