Vinorama, con la conducción de Fabricio Portelli y Andrés Rosberg. Estrena todos los martes a las 19 hs en Winexplorers por YouTube.
El cabernet sauvignon argentino busca recuperar protagonismo tras años de eclipse
Durante casi tres décadas, el cabernet sauvignon fue la apuesta segura de los bodegueros argentinos. No era casualidad: mientras el mundo admiraba a Francia y sus variedades tintas, la Argentina disponía de más de 13.000 hectáreas plantadas de cabernet y sabía trabajarlo. A diferencia del pinot noir, que resultaba complejo en nuestro terreno, el cabernet se adaptaba naturalmente a la concentración que el sol local producía. Los grandes vinos argentinos de los 80 y 90 fueron cabernetaviñón, y la decisión de apostar por esta uva parecía tan obvia como acertada: se trataba de replicar el camino de Burdeos, la región más admirada del planeta.
Todo cambió cuando llegaron los Flying Wine Makers internacionales. Michel Rolland, el legendario enólogo francés, fue el primero en alertar a los bodegueros locales: lo que funcionaba para el consumo interno no servía para exportar. Esa epifanía marcó un punto de inflexión. Si Argentina quería conquistar mercados externos, necesitaba algo diferente. Y ahí surgió el malbec, reposicionado no como una variedad secundaria sino como la representante genuina de lo que el país podía ofrecer. La estrategia funcionó: durante los 2000 y buena parte de los 2010, todo apuntaba hacia el malbec. Los cañones de la industria dejaron los blends estilo bordelés para enfocarse en monovarietales de malbec. La variedad se convirtió en identidad nacional.
Pero las modas pasan, las guerras económicas afectan, y una pandemia puede cambiar hábitos de consumo de la noche a la mañana. Hoy el malbec, aunque mantiene potencial de crecimiento, enfrenta un estancamiento relativo. Mientras tanto, mirando las estadísticas de consumo global, emerge una realidad incómoda: el cabernet sauvignon sigue siendo la categoría más vendida en el mundo. Además, existe otra: los blends estilo burdó, que también dependen del cabernet como componente principal. En ambas categorías, Argentina juega tímidamente. Es en este contexto donde resurge la pregunta: ¿por qué no volver a apostar por una variedad que el mundo sigue prefiriendo?
Nuevas técnicas para resolver viejos problemas
El resurgimiento del cabernet argentino no es nostálgico sino técnico. La diferencia crucial radica en el manejo de canopia y la cosecha inteligente. Años atrás, los cabernetes locales tendían a ser opacos, sobremaduros, cargados de confituras. El problema no era la uva sino cómo se la trabajaba. Con un buen manejo del viñedo, con riego controlado y decisiones precisas sobre cuándo cosechar, es posible lograr algo que parecía contradictorio: madurez con frescura. Los taninos del cabernet, cuando se obtienen con esta precisión, adquieren una prestancia única en boca que permite longevidad excepcional en botella. No son taninos rudos sino elegantes, capaces de evolucionar durante años.
Lo interesante es que estos cabernetaviñón renovados no provienen de una única región. Aparecen en zonas cálidas del NOA, en el Valle Uco, incluso en Patagonia. Cada terruño imprime su carácter, pero todos comparten esa frescura característica que antes faltaba. Es el caso de bodegueros jóvenes como Lucca Stradella de Cimarrón Wines, quien produce cabernet desde San Rafael que desafía los estereotipos. Su versión es amable, voluminosa, fresca en la fruta, con una madurez que sorprende por su originalidad comparada con el universo de tintos que domina actualmente el mercado.
Un proyecto de diversidad, no de reemplazo
Es importante aclarar que el renacimiento del cabernet no pretende desplazar al malbec. Argentina es malbec y seguirá siéndolo. Lo que cambia es la posibilidad de convivencia. El mercado global tiene espacio para ambas estrategias: aquellos que quieren la identidad argentina por excelencia encuentran el malbec; quienes buscan alternativas reconocen en un cabernet bien hecho una propuesta distinta, capaz de dialogar con consumidores que siguen prefiriendo esta variedad en sus elecciones cotidianas.
Lo notable es que no se trata de volver atrás sino de avanzar con herramientas nuevas. Los bodegueros argentinos aprendieron del malbec: disciplina, rigor, conocimiento profundo del terruño. Esos aprendizajes ahora se aplican al cabernet con resultados que merecen atención. Italia hace SuperToscanos donde el cabernet brilla; Napa se recontradeluce con sus cabernetes; Chile también. Quizás sea hora de que Argentina, sin abandonar su identidad malbeciana, demuestre que también sabe hacer cabernet sauvignon de clase mundial. No para reemplazar, sino para sumar opciones genuinas a una conversación global donde esta variedad seguirá siendo, como siempre, la reina.








